UTOPÍA Aquel lugar parecía estar fuera del mundo, quizá fuera el producto de mi imaginación, pero fue el único en el que me hubiera quedado para siempre sin dudarlo un instante. Al salir de casa, en lugar del tráfico habitual, el estruendoso atasco matutino, me encontré con millares de ciclistas ocupando la mitad de la calzada. El resto eran autobuses públicos, taxis y algunos utilitarios debidamente autorizados a circular, según me enteré luego. Entré a desayunar en un bar. La televisión estaba encendida y en ella departían unos políticos entre los que se sentaban un albañil, un ama de casa, un emigrante, un vagabundo, un pescador reconvertido, un homosexual y un minero de la cuenca turolense. Pregunté al camarero por el canal en el que aparecían las imágenes y me dijo que era el de titularidad pública. Cada día invitaban a gente cogida al azar y sacaban a la luz su vida y sus deseos. Cada uno se expresaba con entera libertad. Los políticos no eran de esos que llaman primeros es...