El día en que siguió la guerra. Desde lejos, la guerra no salpica la nueva primavera que llama a nuestras puertas, con la explosión de vida que nos trae las flores y mayencos, la savia de los viejos amores, los nuevos que aparecen como los brotes tiernos de los olmos, ajenos a las bombas y los muertos. Ha empezado el baile tortuoso de máscaras y espectros, que surgen de las dunas blancas y fantasmales. El once de septiembre no significa nada si miramos al fondo, en el pozo de horrores de la historia. Es tan sólo un espejo deformado que al romperse, salpica la memoria escondida de quien lanzó al vacío las bombas de Hirosima y Nagasaki. Desde entonces la guerra se ha sembrado, siempre fuera, haciendo del mercado la bandera y de la democracia la quimera. Que pregunten al mundo qué fue la guerra fría. No a aquellos que crecieron al abrigo del miedo y sólo temieron los augurios, sino a los que sufrieron en sus carnes limpiezas de arsenales de los bloques que juegan a ver crece...