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miércoles, 13 de agosto de 2014

RESCATES


RESCATES
Cada año antes, incluso de llegar el verano, comienza la temporada de rescates en montaña. Los barrancos aún bajan con un buen trago de agua, lo que impide que la gente menos avezada se arriesgue a encontrarse con corrientes demasiado fuertes o a que el frío en algunos tramos sea todavía excesivo. El mayor peligro está en aquellos lugares en los que se acumula la nieve (este año ha caido hasta muy tarde) y en los cambios repentinos de tiempo que pueden sorprender a los que se arriesgan sin tener la pericia o la previsión suficiente.
 En la mayoría de los casos el exceso de confianza hace ver la montaña como una especie de parque temático, donde los peligros no están muy a la vista y solo se sienten cuando se convierten en algo inevitable. El afán de fotografiar todo ha llevado en algún caso a mirar solo a través de la cámara sin darse cuenta de que el suelo desaparecia bajo los pies del fotógrafo que pretendía retratar una cascada desde lo alto y en primer plano. Calzarse como si uno fuera de botellón o al parque de su ciudad es otra forma habitual de sufrir un resbalón y acabar con una torcedura, un esguince o una rotura que obligue a intervenir al helicóptero del GREIM y a ser noticia en los papeles de la mañana siguiente.
Solamente una vez asistí al rescate de una persona que se rompió una vertebra lumbar después de atreverse a saltar en la poza que hay en el Yaga, bajo el pueblo de Escuaín. Calculó mal la inclinación de su cuerpo al caer y se inclinó hacia atrás por lo que los catorce metros de altura que tiene el salto resultaron fatales. Me quedé con él cerca de una hora esperando al helicóptero. Se vió obligado a hacer varios intentos de acercamiento porque hacía viento y el lugar, aparte de escarpado era muy estrecho para poder aterrizar. Toda la operación de rescate tuvo que hacerse con el helicoptero en marcha, sosteniéndose en el aire mientras dos guardias civiles descendían con una camilla y arneses para amarrar al herido y poder izarlo desde las rocas en las que nos encontrábamos, en la confluencia del Yaga con otro barranco que descendía desde Catillo Mayor. Me pareció espectacular aquella operación, tan necesaria para  sacar a aquel joven de aquel auténtico agujero, del que era incapaz de salir por su propio pie y del que habría sido muy trabajoso llevar en parihuelas hasta el aparcamiento, trescientos metros por encima o a Estaroniello, a un par de quilómetros de sinuoso sendero. Cuando hubo concluido todo el protocolo de rescate, contemplé como se elevaba el helicóptero con la camilla colgando. Imagino que en algún momento del trayecto lo elevarían hasta la cabina o tal vez la pericia del piloto era tal que podía llevarlo de aquella guisa hasta Boltaña y depositarlo sin problema antes de aterrizar y traspasar al herido a una ambulancia. Me quedé con la duda de cómo había sido el viaje.
En aquel caso la mala suerte fue quizá el principal factor a la hora de provocar el accidente, pero en la mayoría de los casos la falta de prudencia o el exceso de confianza en uno mismo, cuando se está poco acostumbrado a frecuentar un medio tan diferente al habitual, son una causa evitable de accidentes, más graves cuanto más se ignoran las más elementales precauciones. Para disfrutar de la montaña lo primero que hay que hacer es respetarla, conocerla y no pasar por ella como los superhéroes de los comics, sabiendo los límites que cada uno tiene para poder gozar de un medio que a todos nos depara momentos de gozo irrepetible.

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